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Política

Falta conciencia de clase, por eso estamos como estamos.

Por Jeannette Arias

Mesa redonda con personas sentadas, vista desde arriba, dentro de la forma de un ojo

La conciencia de clase: En los últimos años se ha vuelto habitual escuchar la frase: «falta conciencia de clase, por eso estamos como estamos». Suele repetirse con ligereza, pasa, pero cala poco profundo, no logramos visualizar que es mucho más complejo y habla de una sociedad que adolece algo. Para lograr definir el concepto, debemos precisar de entrada que la conciencia de clase no equivale a la lucha de clases: la conciencia debe existir y persistir como antesala para que exista una confrontación social y esta pueda ser organizada, consciente y permanente.

Entonces la conciencia de clase no es una cualidad que nace; se forja, se hace a través de la experiencia cotidiana y la comprensión e identificación del lugar que ocupamos en el engranaje social, la tensión entre opresor y oprimido. Siguiendo el principio materialista, no es la conciencia del individuo la que determina su ser, sino su existencia social y material la que configura su conciencia de clase. Esta dimensión no alude meramente a las posesiones acumuladas, sino a las relaciones de producción y al rol que se ocupa dentro de las fuerzas productivas: la capacidad de disponer de medios propios o de verse forzado a vender día a día tu fuerza de trabajo

Para que un sector se reconozca a sí mismo, requiere identificar a su antagonista, solo al contrastar nuestros propios intereses frente a los de la clase opuesta se esclarece el lugar real que ocupamos en esta estructura socioeconómica. No así, surge una paradoja evidente, y nos preguntamos cómo en un mismo barrio, centro laboral, etc., lugares en común que compartimos idénticas privaciones materiales, y básicas del vivir, algunos desarrollan esta conciencia de clase, mientras que otros defienden a sus propios opresores y asumen discursos que van en contra de su bienestar y de sus pares de clase. Y en la otra polaridad visualizamos a una élite económica, que por el contrario, está alineada tajantemente a una sólida cohesión de su clase, defendiendo de manera unánime sus intereses y generando estrategias para la reproducción constante de esta.

Podemos deducir que esto ocurre con frecuencia porque se confunde el nivel de ingresos con la pertenencia a una clase. Un trabajador puede percibir una remuneración acomodada y mantener cierto nivel de consumo en la sociedad, pero mientras su existencia diaria dependa exclusivamente de un salario y carezca de la propiedad de los medios de producción, sigue perteneciendo a la clase trabajadora, si pierde su empleo, su seguridad económica deja de existir al agotarse su fuerza de trabajo. Bajo el modelo contemporáneo actual, la precariedad nos la han disfrazado tras la etiqueta de «clase media emergente», clase media que se financia en un bucle constante de créditos y dinero ficticio que hace circular en su día a día, que nos otorga esa falsa tranquilidad y esa ilusión de pertenecer a otra clase que surge a través de la meritocracia impuesta por quienes nos dominan, ocultando que toda actividad humana ha sido absorbida bajo la lógica de la rentabilidad y la generación de plusvalía.

Han inundado a la clase trabajadora con la ilusión de que la prosperidad y el bienestar de los pueblos depende únicamente de entregar la conducción del estado a magnates, tecnócratas o economistas ilustrados, ignorando las lecciones que nos ha dejado la historia. Ninguna casta dominante concede privilegios a los pueblos por afinidad electoral, delegar estas aspiraciones en figuras que personifican la política tradicional suele opacar la organización popular y quita terreno a la formación de la conciencia de clase, perpetuando el quedarnos quietos siendo un colectivo reformista a la espera de que el capital nos quite la libertad y la conciencia.

El triunfo sostenido del capital radica en su intromisión en el terreno cultural aplicando ideologías que no son pasivas, y que se han desplegado a lo largo de décadas en la educación formal, religión, academia y los medios de comunicación, lo que consumimos a diario y nuestro entretenimiento. En la actualidad, estas estrategias centristas y hegemónicas se han sofisticado mediante el entorno digital que en gran parte dominan.

A pesar del acceso sin precedentes a la información que tenemos hoy en día, la atención colectiva ha sido fragmentada por las lógicas algorítmicas diseñadas para el consumo rápido y superficial. Al nutrir nuestro criterio con estímulos efímeros que nos impiden la concentración prolongada frente a lo que sentimos, nuestro dolor, la rabia, la felicidad, la decepción todo lo que nos hace ser conscientes y empáticos frente a nosotros mismos y con el otro está siendo coartado con este sistema eficaz que nos mantiene en un estado inactivo frente a una pantalla, que funciona por inercia de este sistema antagonista el cual nosotros mismos perpetuamos día a día, ¿nos seguiremos organizando a través de algoritmos? Frente a esta dispersión de ideas que nos ahoga, nos formulamos una pregunta central:

¿cómo combatir la precarización del sistema ? Si carecemos de la herramienta básica que es la conciencia de clase trabajadora para articular una resistencia colectiva.

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